Hna Regina Mutile

“Soy yo quien os ha elegido” (Jn 15,16), preciosas palabras de san Juan que hoy hago mías dando gracias a Dios por mi vocación. Esta es la historia de mi vocación, nada radical o dramática, y que en realidad es solo una historia de amor que comenzó mucho antes de que yo naciera.

Crecí en una familia católica donde la fe era algo muy real y tangible. Desde que tengo memoria o uso de razón, quise ser religiosa y entregar por completo mi vida a Dios. A temprana edad acepté la fe católica como propia y mi relación con Cristo se convirtió en algo personal y real. Cuando participé en un grupo scout, donde nos comprometíamos con sacrificios y promesas con nuestro país, me sentí atraída por ambas cosas, que son muy parecidas y, sin embargo, muy diferentes. Con todo, me sentía cada vez más atraída por entregarme del todo a Dios para mi propia salvación y la del mundo y así fui descubriendo que Dios me había dado una misión específica en la Iglesia y el mundo, que solo yo podía cumplir, y que dependía de mí para “ayudarlo” a salvar almas. Quería vivir mi vida para algo más, con la convicción de que mi vocación era la vida consagrada: pertenecer sólo a Cristo.

Más tarde, la gran pregunta fue: “¿Dónde?”, puesto que no conocía a ninguna religiosa. Las que veía desde lejos, cuando iba a la iglesia, me atraían mucho por su alegría y por su elegancia en el vestir. Me decía a mí misma: “Esta gente sí que son y se les ve felices. Algún día me gustaría ser como ellas” y esta semilla iba brotando y fortaleciéndose en mí. No tenía ni idea de qué era la vida consagrada ni tuve a nadie en el mundo que me ayudase a distinguir la diferencia entre vida activa y contemplativa. A veces pienso que sería porque no le hablé a nadie de mi vocación. De hecho, fui muy discreta hasta que Dios empezó a enviarme señales. Un impulso interior me daba seguridad: “Donde entre será donde Dios quiera que le sirva y allí me irá instruyendo”. No tenía miedo, todo lo esperaba en Él y me sentía preparada para que en cualquier momento en que llegara la oportunidad.

Cuando me sentí lo suficientemente segura lo hablé con mis padres para que me aconsejaran. Ellos se alegraron mucho y recuerdo a mi padre diciéndome con su voz suave y bondadosa: “Hija, si piensas que esa es tu felicidad, damos gracias a Dios; pero, si cuando entres en un monasterio, encuentras que esa no es tu vocación, las puertas de mi casa estarán abiertas para recibirte”. Y como se acercaba la ordenación de mi primo, me dijo: “Voy a hablar con el obispo para ver si él nos puede ayudar”. Desde entonces vi a Dios abriéndome las puertas sin merecérmelo.

Mi obispo de entonces, un santo varón de Dios, le dijo a mi padre que le gustaría hablarme cara a cara para ayudarme a discernir mi vocación. Fue con él por quien por primera vez supe la diferencia entre vida contemplativa y vida activa. Pero lo que sí tenía claro es que Dios me llamaba y que llevaría a buen término mi vocación estando en cualquiera de las dos. Han pasado muchos años desde que comencé este camino de discernimiento vocacional y doy gracias a Dios porque ha sido Él quien me ha sostenido durante todo este tiempo no exento de dificultades y obstáculos.

Vivo feliz. Sí, soy muy feliz. Pero este no es el final de mi historia. No hace falta decir que esta vida no es siempre fácil, puesto que Cristo no nunca dijo que lo sería. El continúa llamándome, purificándome y fortaleciéndome con su gracia y amor. Me siento abrumada cuando pienso el increíble don y responsabilidad que me ha confiado en mi vocación y formación. Estoy aprendiendo a permitirme ser estirada, empujada, moldeada, transformada y amada por el divino Alfarero, que me tiene entre sus manos amorosas y me lleva hacia un destino bien conocido por Él.

Tengo presentes hoy y las tendré siempre presentes a todas las personas que me han ayudado a ser lo que soy. No tengo palabras para agradeceros todo lo que habéis hecho y hacéis por mí. Que el Señor os bendiga y os premie con la vida eterna.                                                              

Emití mis votos solemnes (perpetuos) el año 2002.

                 Comendadora  del  Espíritu  Santo

                       Hna.  Regina  Mutile Tote

Monasterio del Espíritu Santo
Comendadoras del Espíritu SantoUna vida de oración y misericordia bajo la acción del Divino Espíritu, viendo en los hermanos y en los necesitados el rostro sufriente de nuestro Señor Jesucristo, a imitación de nuestro Padre Guido.

 

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BEATO GUIDO DE MONTPELLIER

FUNDADOR DE LA ORDEN DEL  ESPÍRITU SANTO

COMENDADORAS DEL ESPÍRITU SANTO

 

“VIVIMOS DEL AMOR Y PARA EL AMOR”.